3:09 pm. Martes 04 de Agosto de 2020
Opinión
3:09 pm. Martes 04 de Agosto de 2020

Aunque con su orden de aprehensión, pareciera decantarse que todo alrededor del ex presidente Álvaro Uribe no ha estado bien, lo cierto, es que se le debe respetar su derecho a la presunción de inocencia, solo la justicia puede determinar lo contrario. A los ciudadanos nos corresponde  poner en práctica la sana crítica, esa que se aleja del fanatismo, que evita los extremos, para que así podamos ver con objetividad y sensatez, las acusaciones que se hacen, la defensa, y las pruebas que se esgrimen. De todas maneras, insisto, los jueces siguen teniendo la palabra.

Reconozcámoslo, el liderazgo del ex presidente Álvaro Uribe es extraordinario, y su apego al poder, del mismo tamaño. Se le valora como uno de los presidentes más firmes y corajudos que hemos tenido en la historia reciente de Colombia. Le ayudó mucho a su fama, el suceder al desastroso Andrés Pastrana. En aquella época, el país de desboronaba en su integridad, sin embargo el presidente Pastrana no dejaba de viajar por el mundo, desde donde en ocasiones, hacía la pantomima de gobernar. Nunca antes un mandatario acumuló tantas millas de vuelo.

Sin demeritar la gestión de los posteriores gobiernos, lo cierto es que, cualquiera que viniera después del nefasto Andrés Pastrana, tenía garantizado, por lo menos, arrancar con la exhalación de alivio de la mayoría de los colombianos, quienes festejaron con entusiasmo su salida del poder.

Álvaro Uribe representaba todo lo opuesto, mientras el que salía era malgastador de recursos, entregó el país a la subversión, y carecía de acompañamiento popular; el que llegaba promocionaba la austeridad, hablaba de mano firme contra los rebeldes y venía precedido de una exitosa gestión como gobernador de Antioquía.

Y no defraudó, lo que se conoció de su administración nos hinchaba el pecho de orgullo. Nos defendió con ahínco dentro y fuera del territorio, fortaleció las fuerzas militares; con él los insurgentes quedaron muy al borde de la extinción. Uribe fungía como la respuesta a nuestras oraciones, por fin teníamos un verdadero representante del pueblo en la presidencia, un reconquistador del territorio. Otra vez Colombia volvió a ser de todos.

Esa contundente gestión, hacía que los ruidos que sobre él se escuchaban, no trascendieran. Un país acostumbrado a que “el fin justifica los medios”, no le pondría macula al personaje que emergía como caudillo, prócer, era el héroe que tanto habíamos esperado. Pero pasó el tiempo y el ruido siguió, cada vez con más fuerza. Entonces el País, poco a poco comenzó a  escuchar y a dudar.

¿Pero quién era ese, que con tanto ímpetu y sin contemplación arrasaba con los guerrilleros?  Pues el mismo que tenía el corazón roto, por lo que el grupo subversivo había hecho con su padre, lo que nos deja suponer, que el “corazón grande” que ofreció a los colombianos en campaña, estaba inmensamente fracturado por el odio y por la natural sed de venganza contra quienes asesinaron a su progenitor.

Pero como lo señala aquella frase popular, “Faltó un pelo pal moño”; terminó su mandato y a pesar de los contundentes golpes, no pudo acabar completamente con los guerrilleros, ni tampoco suscribir un acuerdo con ellos que permitiera el fin del conflicto y la dejación definitiva de armas.   

Un gobernante actúa también movido por los sentimientos, y es entendible que  unos puedan sanar heridas y otros no. Creo que en el caso que nos ocupa, la opción del Acuerdo con los guerrilleros nunca hubiera sido realmente considerada, a pesar de las escaramuzas.

Por eso quizá, estamos estancados, con un presidente actual que cuida realmente los huevitos de Álvaro Uribe, y que preserva la obstinación de su mentor por desconocer la posibilidad de avanzar por el camino de la reconciliación entre los colombianos.

Raro, claro que es raro ver a los ex guerrilleros legislando, participando de debates electorales y articulados a la sociedad, pero díganme ustedes, ¿no es precisamente el costo que nos corresponde asumir por acabar con esa confrontación que nos desgastó por muchísimos años, y que lo único que dejó fue a miles de colombianos muertos?.

¿Qué mensaje manda el presidente Duque cuando por defender al ex presidente Uribe, en cadena nacional, manifiesta repudio por la presencia en el Congreso  de la República de quienes suscribieron los Acuerdos de la Habana, o cuando  desafía las decisiones judiciales y las valoraciones que con independencia deben acometer las altas Cortes?

Mucho daño le hace al País, seguir desconociendo los Acuerdos suscritos en Cuba, más allá de las discusión legal y política que amerite el asunto. Lo correcto es proteger y respetar a las instituciones, a nuestro sistema de justicia, que más golpeado no puede estar, precisamente por acciones como las  acometidas por nuestro actual presidente.

Sobre el ex presidente Álvaro Uribe, termino diciendo: por el bien de la Patria, esperamos pueda demostrar que su actuar, ha marchado con apego a la Constitución y las leyes, lo cual juró como servidor público, porque si no es así, confiamos en que la misma Patria os lo demandará.

 

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