10:17 am. Domingo 02 de Agosto de 2020
Opinión
10:17 am. Domingo 02 de Agosto de 2020

La guerra política por el poder no se ha detenido en ningún lugar, a pesar de la camisa de fuerza que le ha impuesto la pandemia a los políticos y a los partidos. Da la impresión de que la peste jugara a favor de los opositores y en contra de los gobernantes, sin que las consecuencias finales puedan preverse matemáticamente.

Es un hecho que los bandazos y la inconsecuencia de Trump en el manejo de la enfermedad han contribuido a desdibujarlo aún más, y la catástrofe económica trabaja a favor de sus enemigos. Pero él y los suyos han visto la posibilidad de utilizar la emergencia como una coartada para volarse todos los semáforos legales, con la idea de evitar las elecciones de noviembre y mantenerse en el poder.

Que eso ocurra o no dependerá del papel de las personas que trabajan dentro de las instituciones, y del esfuerzo de la oposición política en el Congreso y en la ciudadanía. La pandemia no solo ha puesto en jaque a los gobiernos, sino que les otorga coartadas para aferrarse al poder, destrozando las instituciones y el juego político gobierno-oposición.

Esa, quizá, sea la ruta a seguir por Jair Bolsonaro en Brasil, otro gobernante sin escrúpulos legales para volarse todos los semáforos en rojo. Ante el desastre nacional, que su talante ha contribuido a acelerar en el asunto de la pandemia, la oposición tiene contra las cuerdas al mandatario ultraderechista.

Pero Bolsonaro va a utilizar (como ocurre con Trump) todas las rutas posibles para no dejarse sacar y para fortalecer su predominio, cabalgando en la excepcionalidad de las circunstancias. El hecho de que no haya elecciones cerca no es motivo para que no responda, ante el asedio de los opositores, con medidas extremas y fuera del marco constitucional, para seguir mandando.

En Europa el panorama es más complejo, pero sigue el patrón impuesto por la pandemia. Nada garantiza la permanencia en el poder de los partidos y mandatarios de perfil liberal o progresista, pero, al menos, se intuye que estos no procederán como sí lo harían los integrantes de la oposición de ultraderecha, que han sido capaces de utilizar la mentira y la destrucción de las instituciones como arma para subir al gobierno, y para perpetuarse en él.

En Colombia, continúa la guerra política y mediática que tiene su principal raíz en el conflicto armado. La polarización entre la extrema derecha y la extrema izquierda sigue dominando el escenario, sin que podamos prever con nitidez hasta dónde llegará todo. Los gobernantes son asediados, más allá de cualquier medida razonable, por los opositores.

A los partidos y a los militantes lo que menos parece importarles son los enfermos y los muertos de la pandemia. O, mejor dicho, sí les importan, pero como un simple instrumento para destrozar al contrario. El juego democrático gobierno-oposición ha sido adaptado, de manera perversa, a los intereses ideológico-políticos de los contendientes.

Si quien está en el difícil potro del poder es mi enemigo, hay que darle con todo, magnificando sus errores y minimizando sus aciertos. Aquí lo que menos importa es la salud de la gente, o que haya muertos: lo que cuenta es debilitar al otro al precio que sea, aumentando la carga de odio en el discurso, o el peso de las mentiras en el mismo.

La pandemia no parece haberle bajado el voltaje a la guerra gobierno-oposición, sino todo lo contrario: es otro incentivo para exacerbar las pasiones políticas y los odios recíprocos, en un cuadro complejo que involucra a los miembros de todo el espectro político.

En el Magdalena, nada de lo que haga su mandatario a favor del trabajo para combatir la enfermedad es reconocido por la oposición de derecha. Todo logro lo minimizan, resaltando lo que no le conviene, y vendiendo a Caicedo como un inepto a quien el problema le quedó grande.

En otros departamentos y ciudades, el esfuerzo de desinformación está en manos de la izquierda y la ultraizquierda. La forma como hablan y escriben parece dar a entender que los gobernantes estuvieran a favor y no en contra del crecimiento de los enfermos y los muertos. Ese enfoque maniqueo es injusto, pues no reconoce el esfuerzo indiscutible de los gobernantes, más allá de los probables o reales errores.

Lo de Bogotá es muy singular y muy dramático, porque el gobierno no solo sufre la presión de los opositores de la ultraderecha, sino el ataque, a veces aleve y sin escrúpulos, de una ultraizquierda que no desaprovecha la oportunidad de cobrarle a Claudia López y a su grupo el hecho de no alinearse con ella. 

Lo cierto es que la pandemia no ha detenido el combate político, sino que lo ha exacerbado, para bien o para mal. Para bien, por cuanto la presión de los opositores ejerce un efecto estimulante sobre los gobiernos, llevándolos a intentar no equivocarse y a seguir el camino menos inseguro trazado por la ciencia y los expertos.

Para mal, porque por motivos ideológicos y políticos se comete el grave error de ocultar el tremendo esfuerzo realizado por los gobiernos para enfrentar la enfermedad colectiva, más allá de los intereses de partido, personales o de grupo. Un error que se transforma en infamia, de la mano del odio, el sectarismo y la mentira.   

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